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A pocos días de finalizar este año 2025, aprovecho para recordar la historia de mi casita, un sueño que nació en el año 2019. Pedí a Dios entender el por qué de mi fascinación por las geometrías, la madera y el barro. Tomé yagé y ví a mi abuelo Pablo Emilio Cabrejo y en ese momento lo entendí todo, de allí vengo. Mi abuelo fue un campesino constructor, un hombre humilde que hizo su casa a pulso. En ese tiempo no se le llamaba Bioconstrucción, yo creo que a lo que hacía mi abuelo se le llamaba obligación: el ser capaz de hacer un refugio era tan natural como hacer un zurco, traer leña a cuestas para la estufa o madrugar a bañarse en la quebrada.
Siempre he dicho que he hecho el camino del indio. Algunos me critican por joven, por no tener un linaje o color de piel como el de mis hermanos indígenas, o por haber nacido y crecido en la ciudad de mi querida Bogotá. Yo considero que todo cuanto he vivido ha sido perfecto, pues aprecio tanto el conocimiento, técnica y ciencia adquirido en los salones de ingeniería de la Universidad Nacional, como las largas jornadas machacando los bejucos de mi ayahuasca en la Amazonía.

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Ya son casi 19 años de camino tomando el yagé, y 6 años viviendo en las montañas de bacatá, mi templo de medicina. Mi motor siempre ha sido la música. No hay una sola puntilla puesta, ni un pilar sembrado, ni un muro erguido, que no haya sido dedicado a tantas melodías, mensajes, acordes y armonías que el gran padre creador me ha entregado.
Les presento mi casita, un pedacito de mi, una cunita de barro donde no hay un solo rincón donde no hayan pasado estas pequeñas manos de hombre templado y rebelde con una causa noble: pensar y vivir bonito.













