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Es inevitable fallar, dejarnos llevar por las circunstancias y cometer errores. La culpa es una gotera que cae incesante en alguna habitación de nuestro templo interior, cuyo golpeteo martilla nuestro presente.
Ir a reparar esa pequeña grieta implica ponernos manos a la obra. Hay que ponernos la vestimenta adecuada para dicho trabajo y buscar las herramientas adecuadas para tal fin. Hay que vestirnos de perdón y sellar la grieta con el oro de la compasión. Mientras estamos en la tarea, debemos profundizar de manera apasionada para sellar la grieta de manera profunda y no superficial. Hay que permitirnos sufrir, pero hay que aprender también a sufrir.
Aprender a sufrir es no tratar de anestesiar el dolor, pero al mismo tiempo tener la capacidad de no perder de vista que un error por grande que sea, no opacará la gran lista de virtudes que pervive en nuestro ser. Es mejor entender que uno no falla por ser malo, sino por ser ignorante.

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Si bien a veces reconocernos ignorantes hiere nuestro ego, el ignorar algo en particular, no borra automáticamente lo que conocemos. En cambio sentirse “malo” hace que lo particular se generalice, involucrando logros y virtudes que no tienen nada que ver con lo que nos está doliendo.
¿Y si la grieta vuelve a abrirse? No olvidemos que Dios en su infinita sabiduría nos entrego el libre albedrío, que hacernos responsables de nuestra libertad es un camino largo y que la redención es para todos, siempre y cuando tengamos nuestro corazón dispuesto.

